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Los riesgos de la Cultura elitista

  • Foto del escritor: Fernando Coronel
    Fernando Coronel
  • 3 may 2021
  • 4 Min. de lectura

Escribe Mariana Alurralde - Actriz

Cuerpos, presencia, emergencia, subjetividad, oportunidades, tecnologías, privilegios, políticas culturales, son algunas de las palabras que flotan por mi cabeza cada vez que me siento a recorrer acciones públicas e individuales que se gestan en estos tiempos tan sinuosos a nivel mundial, pero que nos han interpelado tan fuertemente como sociedad y como artistas.

Sin considerarme una erudita en el tema, escribo desde lo más profundo de una realidad que me atraviesa, que elijo y milito desde muy chica y que ha osado configurar mi subjetividad, que me permite hoy mirar más allá de las “oportunidades selectivas” y que me invitan a no legitimar los privilegios exclusivos, pero que por sobre todas las cosas me inspiran a pensar desde lo colectivo y lo social.

Celebrar el encuentro de cuerpos presentes, cuerpos reunidos en un espacio determinado, cuerpos dispuestos a producir sentidos creando universos, lenguajes, acuerdos, códigos, interpelando subjetividades, son placeres de los cuales nos hemos visto bastante privados desde el aislamiento. Para algunos hacedores culturales esta privación no fue gratis, muchos debieron salir a “reinventarse”, a “buscarle la vuelta”, a “rebuscárselas”, y si bien muchos estábamos habituados, sobre todo quienes nos valemos de la autogestión, cuando una realidad inédita nos arrasa, como fue el caso de la pandemia, la intervención del estado es imperiosa.

Mariana Alurralde - Actriz, docente, autogestora de eventos culturales

En nuestra ciudad, tristemente, las respuestas ante la emergencia cultural han sido escasas… Y aquí se ponen en juego las subjetividades, las oportunidades y las posibilidades con las que se cuentan, las posturas y las decisiones políticas. Porque, como bien dice Deleuze, “Se carece de oídos para escuchar aquello a lo cual no se tiene acceso desde la vivencia.”

Desde mi punto de vista, entiendo que asumir un cargo público demanda no solo capacidad para desempeñarte en tu campo específico, sino que también exige una mirada y un proyecto que abarque e incluya a la sociedad toda. En nuestra localidad asumieron la gestión cultural personas que tienen una gran capacidad, sensibilidad y talento en su campo especifico, pero que parecen haber reducido las acciones propuestas a una mirada limitada a sus propios intereses personales, desatendiendo la integralidad y empujándonos a preguntar ¿Cuál es el proyecto cultural que se pretende para la ciudad? ¿Qué concepto de cultura pretenden erigir como gobierno? Los datos que nos ofrece la realidad muestran que se han limitado a sectorizar y congregar sus gestiones al centro de la ciudad, dando lugar a una idea bastante “elitista” de la cultura y que el alcance más “multitudinario” lo encuentran a través de las redes sociales, destinando todos los esfuerzos a esa empresa. Es cierto que vivimos tiempos en los que todo pasa por las redes sociales, pero lo alarmante se presenta cuando en ese acto tan vacío de toda presencia aurática y movilizadora, nos quedamos bobos y satisfechos: Si es factible de llegar a las redes y conseguir “reacciones” el trabajo está hecho. ¿Esa será la promesa?

Un ejemplo reciente lo podemos encontrar en las propuestas artísticas que se ofrecieron en el marco de los festejos por el aniversario de la ciudad, donde podemos destacar el trabajo impecable de los actores y actrices que encarnaron los personajes, pero que a la vez nos abre un gran interrogante respecto al foco “exclusivo” y centralizado que decidieron darle desde la dirección. Sin lugar a dudas, la propuesta a grandes rasgos es interesante y resulta sumamente atractivo rescatar la historia de la ciudad para afianzar y construir una identidad colectiva, como también lo es invertir y generar fuentes de trabajo para actores y actrices, pero ¿a quiénes va dirigido? ¿Qué territorios se pretende abarcar? En otro contexto, tal vez mi percepción hubiera sido muy diferente; tuve el placer de asistir, junto a mi compañero de arte y de vida, a la propuesta artística de “De cuentos y tuerteros” de Miriam Carabajal y no hay dudas de la sensibilidad, el compromiso, la poesía y el arte que desplegaron en ambas puestas de las que salimos cautivados y con la emoción a flor de piel, por lo que seguramente ésta evocación viva de los personajes que tejieron esas historias hoy me hubieran emocionado como aquella vez, pero en éste marco tan duro que nos ha tocado atravesar y viendo la tendencia que eligió ésta gestión, no pude centrar mi atención solo en el trabajo de mis compañeros/as (algunxs amigxs y gente muy querida) actores y actrices, ni en la poesía, ni en la amabilidad de la emoción.

En nuestra ciudad, tristemente, las respuestas ante la emergencia cultural han sido escasas… Y aquí se ponen en juego las subjetividades, las oportunidades y las posibilidades con las que se cuentan, las posturas y las decisiones políticas. Porque, como bien dice Deleuze, “Se carece de oídos para escuchar aquello a lo cual no se tiene acceso desde la vivencia.”

Para finalizar esta catarata de pensamientos desordenados, pero siempre constructivos, me gustaría, como buena soñadora que soy, que pensar al arte desde su poder de resistencia y transformación no nos ubique en un enfoque “fetichista” Porque todos estamos de acuerdo en que el arte nos cautiva, que es imprescindible, que los artistas “siempre están”, que nos invitan a pensar, imaginar, a darle vida a lo que nuestras tintas plasman en el papel, pero detrás de toda esa magia hay trabajo, mucho trabajo, inversión, personas, familias y un mundo humano que también existe y persiste cuando las circunstancias prescinden de nuestros “servicios”.

¡Que el ejercicio de revisar nuestras prácticas, sus enfoques, las intencionalidades, el marco, y nuestro rol como hacedores culturales no nos olvide!


“El arte es lo que resiste: resiste a la muerte, a la servidumbre, a la infamia, a la vergüenza...” (Deleuze)

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