Banalizar la Historia
- Fernando Coronel

- 3 may 2021
- 3 Min. de lectura
Escribe: Rafael Sevilla - Profesor de literatura

A partir de la intervención del gobierno municipal sobre el aniversario de Venado Tuerto: preocupación.
La obsesión del municipio de comunicar todo empieza a mostrar ciertas fisuras. Los hechos reales que merecen comunicarse son pocos. Lo que se comunica, muchísimo más. Entonces, a falta de hechos, la obligación de generar perfomances políticas para poder seguir comunicando.
La Secretaría de Territorialidad y Cultura le viene dando color a una gestión que no parece diferenciarse —en términos fácticos— mucho de la anterior. Será por eso que últimamente empezó a cruzar sus intervenciones con las performances político-comunicativas.
Podríamos pensarlo de la siguiente forma: de la misma manera que se instauró el concepto greenwashing (que vendría a ser algo así como un lavado de cara a empresas o gobiernos desde acciones “ecológicas”) mientras en la realidad todo sigue medianamente igual, el gobierno municipal parece haber inventado un nuevo término: culturewashing, adornar la gestión con los movimientos culturales-artísticos.

Rafael Sevilla - Profesor de literatura, editor independiente
Venado Tuerto no tiene ríos ni montañas pero tiene un capital cultural impresionante. Ahora sí, qué sucede cuando esa fuerza irreverente y con búsquedas de cambiarlo todo es utilizada para lo contrario, para mantener lo establecido.
Es llamativa la intervención sobre el aniversario de nuestra ciudad desde el gobierno municipal. Convocan a artistas, los guionan medianamente y los invitan a recrear personajes históricos locales. Pero limpiándolos de todo conflicto, vaciándolos de contenido. Mostrándolos como personajes simpáticos y agradables.
Un movimiento calculado. Ir hacia la historia para recuperar de ellas sujetos deshistorizados, arrancados de su tiempo, sin carne ni anclaje material, para traer al presente una estela superficial, bondadosa y pulcra que nada se parece a la realidad histórica y que nada pregunta en la realidad actual. Como con los muertos: se los recuerda idealizando (o modificando) su imagen.
Pero ¿qué pasa cuando el arte o los movimientos artísticos son desplazados hacia allí? ¿Qué sucede cuando el arte no es ruptura, ni representación histórica ni exposición de ideas?
De la misma manera que se instauró el concepto greenwashing (que vendría a ser algo así como un lavado de cara a empresas o gobiernos desde acciones “ecológicas”) mientras en la realidad todo sigue medianamente igual, el gobierno municipal parece haber inventado un nuevo término: culturewashing, adornar la gestión con los movimientos culturales-artísticos.
Si la puesta en escena cultural no cuestiona las formas del mundo, las reproduce. Lo contracultural es absorbido y deglutido. Sucede un doble movimiento despolitizador y desideologizante: hacia la historia y también hacia la cultura, en este caso venadense. Se genera una escena histórica-cultural limpia y pulida. Porque lo impecable no daña ni genera resistencias. Solamente cosecha “me gustas”.
Se desliza a la historia hacia el mito congelado y apolítico. Se evoca nuestra identidad como ritual o curiosidad, no como conflicto constitutivo. La historia es violenta, contradictoria, compleja y siempre está en disputa. Pretenderla de otra forma, borrando matices y armando una falsa armonía es despótico y triste.
El arte problematiza el mundo, entra en conflicto con lo existente. Busca romper con lo establecido, disputa sentido, interpela al poder. La historia cultural-artística-política de Venado Tuerto es rica, diversa y amplia en ese sentido. Reducir sus movimientos a intervenciones que adornan o acompañan la vida diaria no es arte, es entretenimiento al servicio del consumo. Y así se despoja al hecho cultural de todo proceso transformador.
“Para eso hemos venido, para sanar la historia” termina la intervención municipal. Cuando se habla de sanar, mayormente se habla de silenciar (y ocultar) los conflictos. Y el silencio lo único que hace es legitimar (y permitir reproducir en la actualidad) ciertas violencias que las funden y las constituyen. Ojalá este no sea el caso. Porque las violencias históricas y culturales siempre están latiendo.
Construir una lámina agradable por encima de la historia es una profanación. Nada peor que el acto político de pretender una cultura despolitizada, escindida de la realidad, que en lugar de problematizar y transformar sea mera decoración.
Como escribía Godard: “ya es hora de que el pensamiento [¿el arte, la cultura?] / vuelva a ser lo que es/ en realidad/ peligroso para el pensador/ y transformador de lo real”.








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