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¿Qué puede salir mal?

  • Foto del escritor: Fernando Coronel
    Fernando Coronel
  • 31 ago 2020
  • 4 Min. de lectura

CoViD19 llegó para cambiar las cosas o para dejarlas al descubierto? En Venado Tuerto, por lo pronto y mientras se prepara para atacar con toda su fuerza, dejó al desnudo que aquellos gobiernos que llegan Poder sin un sólido sustento ideológico y sólo con sloganes vacíos de contenido intelectual, están imposibilitados para manejar situaciones críticas.


Si de algo podía jactarse esta gestión es del control y, de hecho, varios medios indagaron sobre ello hace poco menos de dos meses. “¿Y si el control también es una verdad construida por el aparato comunicacional?”, se preguntaba Rafael Sevilla, el 10 de julio, en el portal Venado 24. El decomiso de alimentos en mal estado, los cierres de comercios, la multa ejemplificadora a La Anónima, los controles de uso de cascos, el registro de cadetes; hacían suponer a los más ilusos que aquella vieja promesa de orden enfilaba hacia una realidad que los venadenses veían con simpatía. Muchos más logros de gestión no parecía tener el gobierno que asumió épicamente en diciembre del año pasado. El fenomenal y alabado aparato de comunicación no logró desactivar a tiempo el modo campaña y en ese marco de euforia casi revanchista, fue creando un microclima ilusorio, donde la realidad no dejaba de ser un sueño que muy pronto se convertiría en pesadilla… Y esa pesadilla tiene un nombre aterrador: CoViD19. Los gobernantes, encerrados en sus despachos no pudieron escuchar lo que la calle gritaba a los cuatro vientos. “No hay controles en los accesos a la ciudad, no hay controles en los espacios públicos, no hay controles de cumplimiento de protocolos en los lugares de trabajo, no hay controles…”, decía la gente susurrando primero, gritando después… Pero el entorno del intendente prefería quedarse con la verdad que dibujaban sus comunicadores oficiales y la falsa sensación de seguridad se instaló fuerte en el Palacio Municipal. La calma chicha del huracán CoViD contribuyó a que esta percepción se hiciera todavía más sólida y, en ese contexto, pareciera que la premisa de este tiempo de encierro fue quedando en el olvido.

¿Cuál era el objetivo de esta infinita cuarentena? “Comprar tiempo”, decían. Pues bien: no se usó para tal fin. Y un día llegó el día. La pandemia escupió con toda su fuerza en la ciudad tuerta y las pocas medidas que se anunciaron esta semana desnudaron la más cruel de las realidades. La pregunta de Sevilla ya tiene respuesta: El control también era una verdad construida por el aparato comunicacional y esa verdad se derrumba estrepitosamente con cada parte de prensa, prolijamente presentado, que da cuenta de los contagios y de las medidas que se toman para, precisamente, controlar a la devastadora tempestad. Claro que el ventarrón igual hubiese llegado, pero la sensación y acaso las consecuencias no hubiesen sido la mismas si en lugar de publicar en las redes carteles que combinaban la inocencia naif de los 80, los mensajes de autoayuda de Coelho, las técnicas del marketing cibernético y la dinámica propagandística de Goebbels; se iniciaban campañas serias de concientización, de información de peso, de contacto... Entonces, cuando la pandemia ingresó a la ciudad, cuando comenzó a mostrar su lado más descarnado, sólo dejó al desnudo a un hombre balbuceante, leyendo un guion que sembró más desconcierto que tranquilidades entre los ciudadanos que gobierna y a otro hombre de su entorno admitiendo que la situación está desbordada. ¿La peor noticia, la que tampoco se dice? Qué el huracán CoViD no es de esos huracanes que vienen y pasan rapidito: viene para largo y para cruel. ¿La respuesta? Encintar los juegos de la plaza y establecer un régimen de horarios que nadie comprende a ciencia cierta.

Las responsabilidades del control pueden discutirse, no hay dudas. Pero la Provincia, por ejemplo, fue más astuta: guardó un relativo silencio y sus comunicaciones fueron más formales, menos marketineras; entonces ahora muy pocos miran para ese lado mientras todos ponen la lupa en las autoridades locales. Ya no son confiables sus “bandos”. La gente duda de los números, la gente duda de los controles y piensa que hay “esas cosas que todos ven mientras que ellos miran para otro lado”, la gente duda de la efectividad de las medidas tomadas en estos últimos días y cuando ve los juegos de las plazas encintados, más duda todavía. Y, si en lugar de leer el diario de Yrigoyen escucharan a las bases siempre silenciadas o ignoradas, si rompieran el propio cascarón del sueño que dibujan sus asesores en marketing, verían que estamos a las puertas del caos que siempre llega detrás de la desconfianza.

Una importante porción de los medios de comunicación masiva tampoco es absolutamente inocente de ese clima. Durante mucho tiempo, alineados por la pauta oficial, repitieron modificar ni una coma, sin cuestionar, sin investigar, sin siquiera preguntar, la “verdad revelada” de los “bandos chiarellistas”. Paradójicamente, el gobierno tuerto de la ciudad se convertía en prisionero de su propio aparato de prensa, que perdió de vista hace años que su función es comunicar y no gobernar.

CoViD no vino, en este aspecto, a cambiar nada sino a mostrarlo y -quizás – a ponerlo en su lugar. El valiosísimo tiempo que nos dio la pandemia en esta zona del país no se aprovechó, el Municipio se adjudicó hasta las camas del hospital (en un escandaloso informe emitido en mayo de 2020 y publicado en la Web del Municipio), controló el cumplimiento de la cuarentena (incluso deteniendo a trabajadores como si fueran delincuentes), funcionarios de segunda línea se dedicaron a perseguir a otros funcionarios de otros Poderes del Estado, a controlar el uso del casco, en crear un registro de cadetes (creándoles obligaciones pero sin brindarles ningún beneficio), a celebrar teleconferencias con el Jefe de Gobierno porteño en el momento en que la pandemia hacía estragos en la CABA… En definitiva, no supo, no pudo o no quiso administrar la crisis y ahora que las olas comenzaron a golpear las murallas de la ciudad sólo un baño de humildad, un durísimo golpe de timón en la comunicación con el fin de crear la consciencia que falta y medidas pensadas para controlar eficazmente la situación, pueden evitar que el huracán que se avecina deje a su paso mucho más dolor del que podría haber dejado si los que nos gobiernan no se hubiesen comportado durante este tiempos como una pequeña pandilla de adolescentes caprichosos y soberbios que nunca se dejaron ayudar para superar la triste problemática de la adicción al Poder.

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