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La ivermectina, Enrico y la vara de Esculapio

  • Foto del escritor: Fernando Coronel
    Fernando Coronel
  • 19 nov 2020
  • 7 Min. de lectura

Mientras el senador departamental Lisandro Enrico insiste con solicitarle al gobierno provincial la autorización para que los distintos efectores de salud santafesinos comiencen a implementar los tratamientos con la ivermectina, la comunidad científica niega que haya “una sola prueba contundente” de que la droga de uso primordialmente veterinario sea efectiva. En realidad, el proyecto que se debatió en la Cámara Baja santafesina fue presentado por el representante del departamento San Gerónimo, Leonardo Diana, y recibió el acompañamiento de todo el cuerpo legislativo.

Pero: ¿Qué hay de cierto sobre el tratamiento con Ivermectina? Por ahora sólo testimonios muy alentadores de personas que contrajeron la CoViD19 y se lo autoadministraron y un par de estudios prometedores en el Hospital Doctor A. Eurnekian de Ezeiza. No es un dato menor, pero tampoco constituye evidencia científica de ningún tipo. A fines de octubre, el Dr. Federico Baldomá, responsable de la UTI del Hospital Nodal Dr. Alejandro Gutiérrez, se refirió elípticamente al uso de este fármacos “alternativo” en un posteo a través de las redes sociales. “Dentro de los tratamientos en investigación se encuentran un sinnúmero de procedimientos y drogas, muchas de ellas aprobadas para otras enfermedades que constituyen esperanzas pero que la ciencia encuentra notables dificultades para avalar dado que muestran poca o nula mejoría. En este sentido quisiera enfatizar que la iniciativa de distintos actores sociales, que supongo bienintencionados, de promover, instalar o propiciar estos tratamientos no nos ayudan a brindarle a la población lo que honesta y científicamente creemos que necesita, sino que nos hacen entrar en una situación de la relación médico paciente en la que muchos de ellos sienten que no están recibiendo todo lo que necesitan”, publicaba el médico venadense, en consonancia con las voces de investigadores del CONICET. Es que los médicos se manejan con principios diferentes a los políticos y esto genera zonas oscuras que terminan causando más daños que beneficios. Generalmente y en el mejor de los casos, los políticos se manejan con la demanda popular, mientras que los médicos se manejan con el método científico. Puesto en pocas palabras: salvo que sean médicos, los políticos se basan en testimonios atendibles de personas que desconocen principios básicos de investigación y que suponen que lo que probablemente haya funcionado en un puñado de personas es útil para todos, mientras que los médicos recolectan evidencia, basándose en estadísticas, seguimientos y estudios que garanticen no sólo la eficacia de un tratamiento o procedimiento, sino también su seguridad en grandes grupos. Por ahora la ivermectina, como casi todas las drogas que se experimentaron, no cuenta con el aval de la ciencia. De momento, la OMS sigue sosteniendo que NO HAY UN MEDICAMENTO EFECTIVO PARA LA CURA DE LA COVID19, aunque le hace un guiño cómplice a la vieja y reconocida dexametasona, un glucocorticoide con potente efecto antiinflamatorio e inmunosupresor que los médicos ya utilizan como rutina dentro de los tratamientos en pacientes con CoViD. Otros tratamientos ya fueron descartados por el organismo internacional o aún hay muy poca evidencia y se encuentran en plena etapa de investigación en varios lugares del globo.



A pesar de que en estos días el médico y empresario Hugo Sigman, CEO del laboratorio argentino que producirá la vacuna de AstraZeneca en el país, enfatizó que una de las líneas de investigación en lo relacionado con un medicamento es la ivermectina, el Ministerio de Salud de Santa Fe, en la misma sintonía que la Sociedad Argentina de Infectología, rechazó enérgicamente el uso de este fármaco. “Esta idea (de usar la ivermectina) surge de una investigación realizada por una universidad australiana hace cinco meses, en la que hallaron que, cuando se infectan células de mamíferos en laboratorio, llamadas Vero, y le aplican ivermectina en altas dosis, se neutraliza al virus y evita que el mismo se replique e infecte la célula. Este trabajo tuvo mucha repercusión. Eso fue una gran inspiración para nosotros y otros en el mundo para trabajar. El trabajo lo hizo el Hospital Garrahan en 700 pacientes aplicándoles ivermectina. Hallamos que quienes asimilaban mejor la ivermectina tenían menos carga viral. Este trabajo se presentará próximamente. El producto se está usando masivamente en Argentina. Haría falta ajustar la dosis y calidad del mismo. Tiene la ventaja de ser barata, oral y ser un tratamiento accesible a cualquier persona”, sostuvo Sigman. Desde Santa Fe y desde la SAI sostienen que “Puede haber gente que tomó ivermectina y no tuvo coronavirus, pero eso es medicina basada en una experiencia, y otra cosa es lo que hacen las sociedades científicas basadas en las evidencias de los estudios. La ciencia no es rígida, pero hoy por hoy es éste el criterio que tenemos, por eso nuestros médicos mantienen este discurso: la ivermectina se desaconseja y hoy es como una automedicación, mientras que el ibuprofeno inhalado está discutido en un montón de sociedades”.

La ivermectina puede provocar efectos secundarios: mareos, pérdida de apetito, náuseas, vómitos, dolor o hinchazón estomacal, diarrea, estreñimiento, debilidad, somnolencia, temblor incontrolable de alguna parte del cuerpo y molestias en el pecho. Los NIH también informaron de eventos más graves como fiebre, ampollas o descamación de la piel, sarpullido, urticaria y comezón. Otros CDC notificaron hinchazón de ojos, cara, brazos, manos, pies, tobillos o pantorrillas dolor e inflamación en las articulaciones, dolor e inflamación de las glándulas del cuello, axilas o entrepierna, frecuencia cardiaca acelerada, dolor, enrojecimiento o lagrimeo de ojos, hinchazón de ojos o párpados, sensación anormal en los ojos. La FDA no tiene las mismas certezas que Sigman y sostiene en su boletín de noviembre que la droga tiene otros usos para los que si hay un prescripción y evidencias científicas que avalan su autorización, pero advierten que se desconoce si tiene algún efecto sobre el desarrollo de la CoViD19 y que, según la poca investigación existente hasta el momento, tampoco se sabe cuáles son las dosis indicadas, de modo tal que no puede ser considerado un medicamento ni eficaz ni seguro. Lo que más temen los médicos es la sobredosis y muchos confiesan no saber muy bien cómo actuar frente a esos casos, más allá de un enfoque sintomatológico.


Ahora bien: ¿Es tan descabellado el planteo del senador Enrico? Definitivamente NO. Acaso lo sea su forma de plantearlo, pero en absoluto es un despropósito. Recolectar la evidencia científica lleva años o décadas y la urgencia del momento amerita otra mirada. Como la política es el arte de lo posible, también a esta disyuntiva le encuentra un atajo: los tratamientos compasivos o paliativos. Claro que para la medicina estos también están regulados y protocolizados. “Vamos a tardar años en saber si la ivermectina u otras drogas sirven para el CoViD si vamos por el camino estricto del método científico. Es más probable que aparezca una vacuna antes que se recolecte la evidencia como para usarla con seguridad. De todos modos, no hay que abandonar esa línea de investigación porque, aunque aparezca la vacuna, hay que ser conscientes de que el mundo deberá lidiar con este virus durante muchos años más. También hay que investigar medicamentos para combatirlo. Si no se autorizan los ensayos, nunca se va a saber si sirve o no”, dice un médico que en voz baja les recomienda a sus pacientes el uso de la polémica droga. Pero Baldomá también tiene razón: cuando un referente con el enorme consenso que tiene hoy Enrico se refiere al tema de la forma en que lo hizo, crea expectativas desmedidas en la población en general que, con pánico, ve como la pandemia avanza y avanza. Acaso lo más saludable sería que los temas de esta naturaleza fueran tratados con más discreción y los discursos un poco menos encendidos, sin dar por hecho que tal o cual cosa sirve como cura milagrosa. Ejemplos de falsas expectativas sobran, más aún en medio de la desesperación: la crotoxina como cura contra el cáncer, la hierba de San Juan contra el VIH o el cartílago de tiburón para frenar a la artritis. En ese contexto, es lógico pensar que si un senador avala un tratamiento que carece de toda evidencia científica, la gente escuche que ya hay una cura contra la CoViD19 y vaya corriendo a su médico a exigirle que le recete algo cuyos efectos sobre la enfermedad no se conocen. Pero ese no es el estilo político, el cual asume que la medicina a la demanda de la sociedad no es una respuesta estudiada y protocolizada sino una verborragia elocuente sobre temas desconocidos. Obviamente, el senador también dio muestras de eso a lo largo de años. Pero el planteo no es descabellado.



La vara de Esculapio

Que no sea descabellado no implica que sea oportuno. Por si no tuvieran bastante con su lucha contra la enfermedad, los médicos tienen que salir a cubrir estos pasos en falso de las dirigencias. La diferencia está en que los médicos sí saben de qué se trata, pero no deciden y una gran porción de la dirigencia no sabe de qué se trata, pero sí deciden. “Creo que es un momento de apelar a la responsabilidad de quienes tienen un cargo, un micrófono, un lugar en las redes o un espacio de relevancia pública, fundado en al menos dos motivos fundamentales: los pacientes no son pocos, y lo que se le garantiza a uno debe garantizársele a todos, es un principio básico de equidad en la atención; y muchos pacientes se encuentran inestables, por lo cual una opinión que complique la confianza en los tratamientos guarda un dramatismo tal que no caben las falsas esperanzas”, sostenía el Dr. Federico Baldomá, quien bien sabe lo que se sufre en el día a día de una UTI en tiempos de pandemia.

Según la leyenda, el Dios Asceplio (Esculapio, para los romanos) tenía el don de la sanación y su atributo era una vara (que simboliza a la medicina) en la cual estaba enroscada una serpiente. Para muchas culturas antiguas, este ofidio tenía la capacidad de resucitar a los muertos y, en una exageración de sus dones, Esculapio andaba por allí sacando gente y semidioses del sepulcro. Parece ser que Hades, el amo de los infiernos, cierto día notó que la cantidad de habitantes de su reino se reducía notablemente y se ocupó de averiguar qué andaba pasando por la tierra. Cuando descubrió el don de Esculapio convertido en vanidad, se quejó ante Zeus quien tratando ser lo más justo posible, le quitó a la serpiente el poder de resucitar a los muertos dejándole sólo la posibilidad de sanarlos. Pero todo esto es sólo uno de los infinitos mitos que demuestran la exuberante imaginación de los griegos (de quienes los romanos tomaron por asalto gran parte de su mitología). Lamentablemente, los muertos por CoViD19 no resucitan por más serpientes que aparezcan en el camino ni senadores convertidos en sanadores. Y entonces sólo quedan los médicos, con su vara del conocimiento, en el frente de batalla de una guerra desigual que no admite administraciones políticas sino miradas científicas para contener sus devastadores efectos.

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