top of page

CoVid19: Historias venadenses en primera persona

  • Foto del escritor: Fernando Coronel
    Fernando Coronel
  • 26 sept 2020
  • 6 Min. de lectura

El virus asoma su lado más cruel en Venado Tuerto y los testimonios comienzan a mostrar la otra cara de la pandemia en Venado Tuerto: abandono, Estado ausente, miserias humanas, más grietas... Los números empiezan a tener nombre, cara y opinión.


CM, 34 años, fue despedida de su trabajo - donde se contagió - después de pasar un calvario que la tuvo al borde de la muerte. Hoy se recupera en su casa.


Se llama RC y tiene algo más de 20 años, es trabajador informal, habita en un barrio periférico de Venado Tuerto, en su casa vive con su abuela de más de 70 años y con otros familiares. Acaso, en el estúpido sistema meritocrático que algunos proponen y pregonan, no haya tenido las mismas posibilidades que otros. Tal vez maneje sólo la información básica que hay sobre este virus que azota el mundo y del cual no se escapa (ni escapará) ningún rincón del planeta. Sin embargo, nada de eso le impidió ser responsable a ultranza. La semana pasada se enteró que podría haber estado en contacto con una persona positiva para coronavirus. Y comenzó el largo peregrinaje que tienen que atravesar cientos de venadenses en estos días. “Si contagio a mi abuelita, se muere”, dijo e, inocente, llamó a todos los promocionados números de emergencias, de ayuda, de contención. Nunca lo atendieron. Como pudo se hizo el análisis en un laboratorio privado, volvió a su casa y se sentó solo, al fondo del terreno, bajo un árbol y esperó a que lo llamaran. A las pocas horas le confirmaron, impersonalmente, que era CoViD positivo. No supo qué hacer. Se quedó allí, bajo el árbol mientras caía la noche. Una sola cosa sabía y de ella estaba seguro: no iba a entrar a su casa para “no llevar el bicho” y “no matar” a su abuelita. En vano intentó hablar con alguien de la Provincia, con alguien de la Municipalidad, con alguien… Todos los teléfonos estaban colapsados o sonaban sin que hubiera una respuesta del otro lado. Intentó con un candidato que el año pasado le dejó su número “por cualquier cosa que necesités”. Pero se ve que el candidato ahora era funcionario y tenía otro teléfono. Así, entre la angustia de saberse positivo de una enfermedad de la que poco se sabe, el miedo de contagiar a sus seres queridos o a sus vecinos, sólo, debajo de un árbol la noche envolvió. Durmió allí, tiritando sin saber si era de frío o de la fiebre que presagia lo peor. Era “La Peste” de Camus resumida en una sola persona… Intentó con el teléfono a la madrugada, suponiendo que a esa hora habría menos gente desesperada, pero nada. Al amanecer llamó a un vecino y esa solidaridad de barrio se activó. Ese vecino llamó a otro y ese otro a alguien que conocía alguien que quizás pudiera ayudarlo. Funcionó. Esa tarde llegó la ayuda y fue trasladado a un centro de aislamiento donde ahora se recupera. Ocurrió a 24 cuadras de la plaza principal de la Esmeralda del sur de Santa Fe.


El análisis que confirma la CoViD19 a RC - Una historia de responsabilidad personal y abandono del Estado


Son pareja desde hace algunos años. Lucen fuertes, jóvenes, de esa generación en que está puesta la esperanza del País, aunque sean los “negros”, los “planeros”, los “nadie” de Galeano. Capaz que tampoco hicieron méritos suficientes, pero él perdió el trabajo hace más de tres años cuando la PyME en la que trabajaba cerró sus puertas ahogada por tarifazos e impuestos, justo cuando cumplía un año uno de sus hijos y desde entonces se gana la vida changueando de albañil. Ella parió el segundo hijo el año pasado y capaz que le duele cuando tiene que dejarlo con la abuela para ir al basural a ver qué consigue para reciclar o para comer. Las sucesivas cuarentenas hicieron que se amontonen las facturas de luz y que se atrase el alquiler de la pieza en la que viven. No dan más. El domingo supieron que un contacto cercano había dado positivo para CoViD19. No quisieron poner a nadie en riesgo: se aislaron voluntariamente. La historia de los teléfonos de ayuda y etcétera ya es conocida. Cuando finalmente lograron que alguien los atendiera, les tomaron los datos, les ordenaron aislarse y les prometieron ayuda. Hace seis días que esperan. Nadie volvió a comunicarse, no saben si son positivos o no y en la voz se les nota el miedo, la tristeza, la desesperación y la bronca. A través de un vecino cuentan que “están comiendo de los que les alcanzaron las monjitas de una iglesia”. Casi con vergüenza piden: “Si alguien puede, que nos alcancen lavandina y alcohol”. Un vecino de otro vecino de un amigo que conoce a un funcionario, ya les confirmó que mañana les alcanzará los artículos que necesitan. A cinco cuadras de allí suelen pasar caravanas de autos lujosos, tocando bocina y pidiendo por la República o en contra del impuesto a la riqueza. Apenas a 19 cuadras de un edificio al que llaman Palacio Municipal.


Una de las entradas al "Shopping", donde aún muchas personas revuelven esperando encontrar algo para pasar el día


Se llama Ernesto M y dice: “A mi nombrame si querés, que todos se enteren de lo que están haciendo esos hijos de puta”. A Ernesto alguien lo mencionó en su lista de contactos estrechos y lo llamaron “de la Municipalidad” tres días después de que él se autoaislara. “Me trataron como el culo. Me dijeron que me quede adentro con mi familia y que si salía me iban a hacer una causa. El único que me alcanzó algo fue `X´, el del Concejo”, dice casi gritando desde la puerta de su casa y mientras algunos vecinos salen a la vereda a ver qué pasa. No tiene familia, pero tiene vecinos que hicieron una “vaquita” y compraron alimentos para él ayer. “Hijos de puta”, repite mientras cierra la puerta. A 11 cuadras del microcentro. CM tiene tres hijos y trabajaba de mucama, su patrona “iba siempre con el hijo a las marchas y yo me moría de miedo, ella se enfermó de dolor de cabeza, me hicieron limpiar el baño y me dijeron que me vaya a casa para que la señora descanse tranquila, que me avisaban cuando se componga para que vuelva. A los dos días me sentí muy mal y me internaron porque tenía la enfermedad. Fue horrible y creí que me iba a morir, no podía respirar pero los doctores del hospital me salvaron la vida, me dijeron que estuve jodida pero mucho no me acuerdo. (Los patrones) me mandaron a decir que no me necesitaban más y que pase a buscar lo de la semana cuando esté mejor”. Sueña con que un día podrá conocer, abrazar y agradecerle a los médicos que la atendieron (nunca les vio la cara) y a la enfermera que estaba a su lado, sosteniéndole la mano, cuando “despertó”. Vive a 30 cuadras de la esquina más céntrica de la ciudad tuerta.



“Lo dejaban todo al azar y el azar no tiene miramientos con nadie” - Albert Camus - La Peste - 1947

Estas historias son lamentablemente comunes en las épocas de guerra o de pandemia. Por eso es que los Estados realmente organizados y particularmente los más inmediatos, se ocupan sobre todo de no dejar a sus gobernados en soledad. El impacto de estas calamidades siempre es tremendo, pero de las correctas decisiones y acciones de los dirigentes son la herramienta para atemperar el dolor, la angustia, la muerte, el hambre y la locura. En Venado Tuerto, a la luz de infinidad de historias como estas, cuanto menos las decisiones son tardías o desconsideradas para con una gran parte de la sociedad que, paradójicamente, son los más vulnerables. Con un gobierno espasmódico, ocupado en controlar el humor social en las redes y en responderle a los conductores de la TV porteña, los testimonios sólo vienen a demostrar que casi todo quedó liberado a la buena de Dios. En “La Peste”, cuando movilizados por la constante especulación de sus autoridades el pueblo relajó sus medidas, Camus lo hace pensar al Dr. Rieux que “lo dejaban todo al azar y el azar no tiene miramientos con nadie”. La historia termina mal. Termina pésimo. Pero parece que a los que gobiernan nada de eso les importa.

Comentarios


bottom of page