CoViD19 - Historias en primera persona - Crónicas de la pandemia
- Fernando Coronel

- 19 nov 2020
- 8 Min. de lectura

Las tardes de Isabella
ISA
Le falta poquito para cumplir los dos años y medio. A unas cuadras de la casa de su padre hay una heladería. Desde que hace un poco más de calor va todas las tardes a tomar un helado. Un día descubrió un edificio cercano y vio que adentro había muchos “abuelitos”. Estaban allí, sentados, con un televisor que daba noticias que pesaban bastante más que sus años en la espalda. Hace meses que no pueden abrazar a su familia, que no tienen contacto con el mundo exterior, que ven como las horas de vida que les quedan se escurren entre rigurosos protocolos que se hicieron para cuidarlos. El mundo ya no les pertenece, aunque fueron ellos los que lo construyeron. Saben que allá a fuera hay una guerra y que el enemigo invisible los anda buscando. Los noticieros les cuentan las novedades, las bajas, los partes de cada batalla. Y entonces llega ella, con sus casi dos años y medio, se pone en punta de pies, y les cuenta otras noticias detrás de los gruesos vidrios. El padre dice que no la pueden escuchar, pero es mágico: los abuelos se acercan del otro lado del vidrio, le prestan atención, la miran y asienten, sonríen, fruncen el ceño… Ella les trae otras noticias: les habla de un perrito, del helado, de una silla de madera, de frutillas, de mil cosas que los noticieros no hablan. Pienso que los periodistas sólo cuentan enfermos, camas ocupadas y muertos, despojándolos de rostro, de aromas, de afectos… Los convierten en números sin historia y en historias sin presente. Por suerte allí está ella, en puntas de pie, del lado de afuera del vidrio, confirmando que hay un tiempo futuro para todos… Un tiempo del que los periodistas no hablan.

René, Ramón y Ana...
EL BRAZO PODEROSO
Alguien, por teléfono, me dice: “Pobre Ana. Perdió a su pareja y a su hijo en una semana”. Y yo me quedo pensando en que Ana no merece ese “pobre” que muchos murmuran frente a su desgracia. O en todo caso, no la conocen lo suficiente. Será porque sé que Ana tiene un valor y una entereza que pocos de nosotros tenemos. No digo que el golpe no haya sido devastador, pero: ¿Qué muerte tan cercana, tan querida no es devastadora? A Ana el poderoso brazo del Estado ya le arrancó un hijo por el que sigue pidiendo Justicia desde hace 21 años. El Estado tampoco es absolutamente inocente ahora con estas dos pérdidas: si en esta ciudad de 83 mil habitantes sus autoridades hubieran cuidado mejor de sus ciudadanos, tal vez (no deja de ser un supuesto) estas vidas podrían haberse salvado. Podrían haberse salvado porque si el virus no se hubiese desbocado de la forma en que lo hizo, mucha gente no se habría contagiado ni habría muerto. En una semana Ana perdió a su compañero, a Ramón, uno de esos tipos fuera de serie. Uno de esos hombres que tenía el don de la ubicación: sabía que era el compañero de vida de una mujer que había entregado su vida a la lucha por la Verdad (ese bien tan devaluado) y lo ocupaba con absoluta altura y dignidad, siempre a su lado, de pocas palabras, de muchas agallas, sin ponerse adelante ni quedarse indiferente, siempre a su lado, incondicional… Y también perdió al hijo, a René, otro de esos tipos imprescindibles: militante de la vida y de las ideas, mago de las luces y sombras, honesto a más no poder, leal como pocos. Son dos, son números en una estadística, los despojaron de rostros, de historias, de luchas, de lágrimas y alegrías, de todo… Son dos de los 129 que llevamos en Venado. Quizás si los gobernantes no hubieran sido tan tercos, o tan especuladores, o tan demagogos, o tan miserables, alguno de ellos, todavía estuvieran por este mundo. Seguramente, algún día oficiarán una misa en su memoria, como si eso lavara las culpas. Seguramente…

Representantes de la Asamblea en el Concejo
LA ASAMBLEA DEL SIGLO XXI
Todos hablan de ellos, de los médicos, del personal de Salud. A comienzos de la pandemia los aplaudían, en mayo les colgaban carteles en los ascensores de sus edificios para que se vayan y no “contaminen” a los demás, en junio les dispensaban su indiferencia cuando reclamaban derechos, en agosto los desmentían académicamente basándose en videos de YouTube, en setiembre les regalaron un brote de CoViD que los dejó exhaustos, reducidos, enfermos, insuficientes. Los muchos de siempre se apresuraron a conseguir algún médico para incluirlo como amigo en su agenda (por las dudas). Ellos siguieron, como siempre, como todos los días, peleándole a brazo partido a la muerte, sin más armas que su voluntad inconmensurable, un puñado de medicamentos que la OMS recomienda, con sus saberes sufridamente adquiridos a lo largo de años de Universidad, con sus miedos, sus angustias, sus impotencias… “Ayer mi novia me llamó y estaba completamente quebrada, llorando. Se le fueron tres pacientes en una tarde sin que pudiera hacer nada”, me decía un médico, allá por los días de octubre. Cuando los números asustaban al más valiente, se constituyeron en una Asamblea Abierta, se organizaron, ganaron los medios, explicaron que ya no era sólo el colapso del sistema sanitario sino mucho más que eso, pidieron que el Poder político los escuchara… Los concejales, que vienen a ser los representantes más directos del Pueblo, los recibieron. Ellos dijeron su verdad, les mostraron curvas, les advirtieron lo que vendría con bases científicas irrefutables, les propusieron medidas... Los ediles, los representantes del Pueblo, los escucharon, se mostraron atentos, fueron cordiales… Después, como ya es costumbre, algunos de ellos salieron a hacer declaraciones portentosas en los medios. Se notaba que no habían entendido el mensaje. Se notaba mucho. En ese encuentro hubo un concepto llamado ASPI, que significa Aislamiento Selectivo, Planificado e Intermitente. Consiste en planificar con antelación el cierre de algunas actividades por unos pocos días, difundirlo ampliamente y con tiempo, retomar esas actividades y cerrar otras por unos pocos días, en un ciclo que ayude a disminuir la circulación de personas para frenar la curva de contagios. Se basa en los modelos estadísticos de progresión de contagios. En muchos países del mundo se aplica con éxito. En Venado Tuerto, a pesar de la propuesta de la Asamblea de Trabajadores de la Salud Colectiva, nadie se hizo eco. “Es el sistema ideal. No se entiende por qué hay sectores que todavía no se dan cuenta que es preferible cerrar por unos días que tener el virus descontrolado durante meses. Las pérdidas económicas son muchísimo más grandes en ese escenario”, dice, sorprendido, un experto del CONICET. La Asamblea sigue trabajando, generando ideas, ensayando soluciones, creciendo en su conocimiento. Muchos políticos siguen recorriendo medios y promocionando otras cosas, bastante lejanas a la salud pública.

"Sacame linda. Aunque seamos viejos podemos vencer al CoViD"
OLGA Y ALEJANDRO
Olga y “El Macho” González son matrimonio desde hace décadas. Hoy ya doblaron la curva de los 70. Criaron a sus hijos y están orgullos de que sean gente de bien. Los conozco desde que llegué al barrio, hace más de 40 años. Fueron de los primeros pobladores del Juan XXIII. Gente obediente de la ley, en marzo se encerraron y casi no volvieron a salir de su casa hasta ahora. Sin embargo, el virus que provoca la CoViD19 se las ingenió y entró en la casa. “Por la noche no veía la hora de que se hiciera de día y cuando amanecía le rogaba a Dios que se haga de noche”, cuenta Olga mientras le toma la mano con fuerza a su esposo. El cuerpo reaccionaba al virus y la fiebre no daba tregua. “Tenemos más de 70 años y otros problemas de salud. Hubo muchas veces en esos días en que pensé no la pasábamos”, dice él. Tomaban los medicamentos que les habían indicado para controlar los síntomas, como con cualquier otro virus. Igual, no sentían ganas de ninguna otra cosa que estar en la cama. “No perdimos el olfato ni el gusto, pero era como que nos trituraban los huesos todo el tiempo, no hallaba forma de estar”, dice ella. Él la mira y asiente con la cabeza. Así pasaron varios días hasta que empezaron a sentirse mejor después de que un médico les enviara más medicinas. Les pregunté si los llamaban, si los habían contactado desde algún lugar para saber como estaban, si les dieron apoyo psicológico... Después me quedé pensando que hubo un momento en que no importaba quién fueras: te quedabas solo vos y el virus porque el sistema sanitario estaba completamente desbordado. Olga y su marido pasaron la CoViD19 en el pico de la pandemia, como pudieron. Ahora se sientan en sus reposeras en el frente de su casa y charlan con los vecinos de nuevo, reja de por medio. Después de una semana de calvario, llevan 14 días desde que les dieron el alta. “A mi sacame la foto, pero no me tapés la cara. Nadie busca contagiarse y nadie te contagia a propósito, así que enfermarse no es una culpa. Y sácame linda para que la gente sepa, que aunque uno sea viejo, se puede recuperar y seguir con la vida de siempre, pero que hay que cuidarse porque es terrible pasar por esto”, me dice.

El trasero de las palomas
DE VACUNAS Y PALOMAS
¿Me equivoco o esta sociedad es la única que rechaza la posibilidad de una vacuna, pero no por cuestiones médicas sino ideológicas? Cuentan que los galenos del siglo XIX buscaban extrañas salidas a enfermedades complejas para aquella época, pero acaso la más extraña sea la que recomendaba a comienzos de esa centuria el médico alemán Karl Friedrich Canstatt. El facultativo no era un aventurero, sino un prominente especialista en enfermedades infantiles y creía haber descubierto la cura definitiva para las convulsiones: El ano de las palomas. El método era simple: había que sostener el anca del ave contra el ano del paciente hasta que la crisis cedía. El ataque se detenía y la paloma moría. Fue tan famoso que incluso llegó a publicarse en una revista científica levantando una ola de carcajadas de la comunidad médica internacional. El primer medicamento eficaz contra la epilepsia se aprobó en 1870 y era un compuesto de bromuro de potasio que aún hoy se sigue usando como opción de tercera línea para el tratamiento de las convulsiones. En 2011 se halló la bitácora médica del director del Hospital Infantil de San Petersburgo, Dr. JF Weisse. Allí contaba de más de 600 casos tratados exitosamente con el método del anca de paloma. Una investigación demostró que ano de las palomas tiene un alto contenido de bromuro de potasio que entraba en contacto con la mucosa anal del paciente y que era absorbido rápidamente, actuando como un improvisado supositorio de la droga que 40 años más tarde sería usada con aval de la medicina formal. ¿Por qué no se investigó en su momento? Porque en aquel tiempo Rusia y Alemania vivían una de sus épocas de paz en su larga historia de amores y odios, pero el resto de Europa no veía esta relación con buenos ojos y jamás habría tomado alguna idea de estos países por considerar que cualquier mérito que les otorgaran configuraría un potencial riesgo a su estabilidad. Si se hubiera indagado sobre la particular teoría de Canstatt, con sólo examinar detenidamente el trasero de una paloma, los niños epilépticos del mundo se hubieran ahorrado 40 años de convulsiones.

Gráfica de fallecidos en la ciudad
LAS CURVAS DEL TERROR
Es un miércoles más de octubre, son las 10 de la mañana, estoy a punto de prepararme un café y suena el teléfono. Atiendo y del otro lado voz compungida de una mujer me cuenta que su marido, el hombre que le había jurado permanecer junto a ella hasta que la muerte los separe un sábado de agosto de los 70, acababa de morir. “Bicho hijo de mil putas”, me dice, esquivando la palabra CoViD. No sabe si le entregarán el cuerpo que duerme en la morgue, no sabe si será velado a cajón cerrado, no sabe si es obligación cremarlo… No sé qué decirle, renuncio al café porque hasta ese pequeño placer me parece obsceno en ese trágico momento y sigo escribiendo. Cerca del mediodía una amiga me avisa que murió un amigo en común y la siesta se rasgó nuevamente con otra noticia del mismo tipo. Tres amigos que se iban en un día. Por la noche, mirando las redes, veo que hay dos familias más que no conozco que también lamentan a sus muertos. Los partes oficiales dicen que ese miércoles bochornoso hubo un solo muerto. “Siempre se notifican en el momento, pero a veces se informan en los días siguientes”, me dice un médico que sabía que la conversación estaba siendo grabada, suspira y casi como pensando en voz alta concluye: “Es para minimizar el impacto”








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